martes, 7 de febrero de 2017

El mundo se me vino encima (literal) justo esta mañana cuando mi gato decidió que la mejor manera para levantarme de la cama, era tirarme el calendario en la cabeza. Uno de esos calendarios con hojitas individuales y un superfluo pensamiento en la parte de atrás, me mostró que estábamos a nada de empezar febrero.

El mes temido por los solitarios y ansiado por los melosos enamorados preparados con flores y chocolates en mano para obsequiar esta primera catorcena. Pues para mí ni lo uno, ni lo otro, pensé, que la mejor manera de afrontar este encantador día, era leyendo lo que sea que nos distraiga de nuestra rutina y nos sumerja en otros mundos. Y qué mejor opción para distanciarse de la tensa realidad, que nuestro querido John Green. Sus novelas siempre nos atrapan en universos únicos y desafiantes en los que tratamos de buscar la dicha de seguir en pie otra mañana más. (Ahora todos entornan los ojos con cansancio al escuchar hablar de Green y piensan que no merece la pena seguir leyendo. ¡Pues muy mal! ¡Denle una oportunidad gente, por lo que más quieran!)

En esta ocasión, nos enfrascamos en el universo de Buscando a Alaska, una maravillosa novela publicada en el año 2005, que nos habla de las alegrías, las tristezas y las fuertes emociones encontradas que conlleva ser un adolescente apretujado en un colegio privado durante todo un año en el caluroso estado de Alabama, Estados Unidos.

Miles Halter, un flacucho adolescente de 16 años, decide ir en busca de su Gran quizá; su gran aventura de la cual regodearse en sus años de vejez, por lo que emprenderá una huida al legendario y espectacular colegio Culver Creek. Ahí encontrará amigos inmejorables, como el travieso Coronel, el quisquilloso Takumi y la exuberante Alaska Young.

Nada es cómo se espera en Culver Creek y junto con su pandilla, emprenderá elaboradas y tremendas travesuras, aprenderá de los placeres de beber y fumar por primera vez, e incluso, se iniciará en los bastos parajes de aquello que las personas llaman “sexo”. Sin embargo, y mientras todos se arrastran en la típica vida del colegio, entre clases y almuerzos misteriosos, Miles quedará flechado por su magnética amiga Alaska, una chica digna de un paradigma que arrasa con todos a su alrededor para hacer la vida un poco más soportable.

Alaska será el principio de una serie de eventos que llevarán a Miles a replantearse todos los objetivos en su vida hasta ahora y que al final, le harán saber que todo tiene que ver con olvidar lo que nos lastima y solamente guardar en nuestro interior lo que mejor nos haga sentir con nosotros mismos.

Buscando a Alaska es una novela dirigida al público juvenil, aunque sus metáforas y diálogos cargados de deliberada pasión, la hacen perfecta para lectores de todas las edades, de nuevo, este libro nos lleva a replantearnos qué estamos haciendo con nuestra vida y si acaso nuestras decisiones han sido las correctas; nos hace añorar aquellos años en el colegio, cuando éramos libres de comernos el mundo e imaginar que las cosas por si solas, eran posibles (nadie dice que aún no lo son). 

John Green nos deslumbra con su primera novela y nos deja queriendo saber más, muchísimo más, acerca del joven Miles y su tentativo Gran quizá. 

Si bien no es un libro aceptado por todos, llega un punto cuando le encontramos sentido y señalamos emocionados con nuestros dedos índices su portada, exclamando “¡Ya lo tengo!”. Una novela que nos deja muy en claro que de nada nos sirve idealizar un universo en donde, a fin de cuentas, vamos a despertar tarde o temprano para enfrentar nuestros actos.

Así que ya lo sabes, puede que este mes, todos digan que el amor se encuentra en el aire, y si quieres ignorarlo, mete tu nariz en un buen libro, y si aún así no funciona, recuérdales a los eternos enamorados que en realidad, el oxígeno, nitrógeno y dióxido de carbono se encuentran flotando a su alrededor.  

viernes, 6 de enero de 2017

Reseña de: Maurice,  E.M. Forster (1971)

Por Christian Geovannie Delgado del Angel

Nunca es tarde para empaparse un poco en la literatura del siglo pasado. Claro que para ello, no es necesario aventurarse hasta los jocosos relatos de H.P. Lovecraft o Wilde de principios de siglo. Podemos simplemente regresar la vista un poco, y toparnos con esta peculiar novela de los 70´s, escrita por E.M. Forster y publicada de forma póstuma.

Maurice Hall, es un muchacho en la Inglaterra de principios del siglo XX, que como muchos otros jóvenes, está a punto de adentrarse en la batalla por descubrir quién es él realmente, desenmascarando sus peores miedos y enfrentando sus verdaderos deseos.

Sin miramientos y de forma apasionada, nos enfrascamos en su trasformación hacia la edad adulta en donde descubrirá los placeres y desdichas que conlleva vivir en una época en la que el recato y las cortesías nunca estaban fuera de lugar, las obligaciones para con la familia eran cosa de todos los días, y en donde la mejor suerte que podría tener un hombre bien acomodado, era conseguir una esposa adorable y acaudalada. Sin embargo, a pesar de su mentalidad burguesa, encontrará el amor a temprana edad en manos de uno de sus compañeros de la universidad, lo cual lo llevará a reconsiderar todos los cimientos en los que construyó su vida.

Si bien los libros de temática homosexual son algo bastante común hoy en día, gracias a los innumerables esfuerzos de la comunidad LGBT, activistas y demás personalidades del espectáculo, es difícil imaginar una obra en la que los conceptos de masculinidad no queden terriblemente comprometidos, sin embargo, Maurice genera un balance perfecto de sensibilidad al describir a cada uno de sus personajes de forma limpia, sensata y sin rodeos, sumergiéndonos en la Inglaterra eduardiana mientras nos abofetea con sus diálogos concisos con los que poco a poco vamos descubriendo que el amor entre personas del mismo sexo no tiene por qué ser algo vil, degradatorio y que puede ser incluso edificante.

Maurice es un libro que obviamente pertenece a otra época, pero no por ello deja fuera el sentido de la lección. Nos hace añorar aquellos días cuando fuimos insensatos colegiales, llenos de ansias por descubrir el mundo; por hacernos con él como si fuésemos la última esperanza. Nos brinda una panorámica increíble acerca de la juventud que a más de uno le hubiese gustado haber descubierto en aquellos años.

En conclusión, Maurice es una reliquia olvidada que nos hace recordar que el estatus quo siempre estuvo sobreestimado, y que para encontrarnos a nosotros mismos y finalmente poder aceptarnos por quienes somos, debemos obrar con el corazón, sin importar cuán difícil pueda llegar a ser, sin importar las consecuencias, pues llega un punto en el que comprendemos que la única opinión con la que viviremos durante toda la vida, es con la nuestra.